El Mundo

Desde el alma

Basta poner una palabra y apretar una tecla para aparecer en cualquier lugar del mundo. Cosas de la tecnología ¿vio? Sin armar maletas ni sacar pasajes podemos divagar por Las Lomitas (Formosa), pasear por Castro, el barrio gay de San Francisco (EEUU), sorprendernos en las ruinas de Epecuén, en la provincia de Buenos Aires, o respirar profundo en Rishikesh, la puerta del Himalaya, en la India. Todo es posible gracias a nuestros amigos Google, Wikipedia o Youtube.

Todo es posible gracias a nuestros amigos Google, Wikipedia o Youtube.

Hubo un tiempo en el que unos viajaban  y otros esperábamos a esos viajeros para conocer el mundo. Teníamos paciencia para esperar su regreso, el revelado de las fotos y entonces sí, meternos de lleno en el relato encantado y aventurero del que se había movido por el país, por el continente o por el planeta. El trotamundos viajaba dos veces: primero, moviéndose hacia otras geografías y después, contándonos lo sucedido. Lo llenábamos de preguntas, que brotaban de la ignorancia o la curiosidad por saberlo todo.

«Las fotos en blanco y negro o a color eran parte de un pasamanos donde nuestros ojos buscaban detalles, bellezas, contrastes y, cada tanto, se nos piantaba un lagrimón. Podíamos estar horas y nos guardábamos ese tiempo como un tesoro recorrido haciendo propia la aventura del otro”.

Ahora cambió todo: nos sentamos en una compu y con el google earth podemos aterrizar en una esquina cualquiera y hacer un giro completo de 360 grados para saber cómo es ese lugar que no conocemos, que vamos a conocer o que otros conocerán muy pronto. Es más, cuando se van nuestros viajeros  ya sabemos por dónde andarán, qué colores tendrán delante de sus ojos, con qué edificios serán sorprendidos, qué temperatura les espera y qué vende el kiosquito de la esquina. Todo, poniendo una palabra o una dirección y apretando una tecla. Cando vuelven de cualquier destino hay poco para preguntarles, porque –Internet mediante- ya hemos aprendido todas las respuestas. Además, las fotos ya las vimos por anticipado en Instagram o Whatsapp… y el Snapchat completó en vivo lo que están viviendo esos que se fueron de viaje.

Hubo un tiempo donde esperábamos un regalo sorpresa: un caracol de Mar del Plata, algún CD de Nueva York, un buen vino mendocino o algunas especies compradas en el gran mercado de Estambul. No teníamos demasiada información de qué se vendía más allá de nuestros ojos, y entonces los que viajaban nos sorprendían con pequeños o grandes regalos. Ya no más. Ahora el que quiere algo buscar por la web, compra con tarjeta, lo manda al hotel donde se aloja el viajero y ‘te espero a la vuelta’ (con el paquete, claro!).

Todo es más fácil, todo es más veloz, todo está al alcance de la mano. María Elena Walsh alguna vez dijo que el mundo era ancho y ajeno… Ahora –computadora o teléfono mediante- ese mismo mundo está a una tecla de distancia. Me pregunto dónde irán a parar las emociones que ya no podemos transmitir o escuchar después de un viaje. Qué destino tendrá ese relato entusiasmado, excitante, movilizador, que ya no podemos contar porque se sabe todo y de antemano. Qué pasará con lo vivido frente al estrecho de Magallanes, en La Habana vieja detenida en el tiempo, en la cima del misterioso Cerro Uritorco o en el tenebroso centro de torturas de Auschwitz… En qué lugar quedarán guardados y qué sentido tiene guardarlos si no podemos regalarlos como flores frescas a los otros, los que todavía no pudieron hacer ese mismo viaje.

Perdonen que me abrace a la nostalgia, pero de vez en cuando no está mal apagar la compu, hacer off en el celu, sentarnos en una mesa, mirarnos a los ojos, escuchar atentamente y viajar por ese otro mundo maravilloso que siempre proponen las palabras;  dejarnos llevar como en un cuento por las anécdotas de quienes cruzaron el mar, subieron a un cerro, tomaron un mate a la sombra de un eucalipto o se plantaron frente al Guernica de Picasso para seguir tomando conciencia sobre los horrores de la guerra. Hay algo que no se encuentra en ninguna pantalla táctil y es el alma que puede haber en cada viaje que hacemos. Y el alma es un recurso que nos pertenece, como un tesoro que estamos desaprovechando para que otros hagan nuestro mismo itinerario, sin gastar un mango, sin maletas pero con pasaje de ida hacia los sueños.

Porque viajar es soñar. Y la vida es sueño.