Itinerario Mi Diario de Viaje

Salta: Al final de todo, hay un paraíso llamado Iruya

Está en Salta, pero la única manera de llegar es a través de Jujuy. Después de varias subidas y bajadas, recovecos y atajos llegamos a este pueblito de 1700, que sigue manteniendo las costumbres de entonces.

Está encajado en la montaña, que se levanta como dos brazos gigantes y contenedores, y por eso da la impresión de sentirse abrazado. Abajo, los ríos Milmahuasi y Calanzuli marcan su paso, sobre todo en verano, que es la época de lluvias.
Algunas casitas coloniales se mezclan con las de adobe, piedra y paja… y la modernidad se expresa en nuevas construcciones de material que se meten en la montaña, como un manantial donde hay almas.
El pueblito tiene sólo tres calles importantes que por la altura no son ni pueden ser horizontales; el resto, pequeños pasajes que se abren camino y hacen del lugar un mágico laberinto donde uno desearía perderse: Es un sube y baja permanente de agite y vértigo que siempre acompañan.
Desde la entrada, la iglesia Nuestra Señora del Rosario es un indicador perfecto de que ya estamos en el pueblo que parece bajado del cielo. Su cúpula turquesa sobresale desde cualquier lugar desde donde se la mire. Es como si nos dijera todo el tiempo: “entren, acá estamos!”.
Cielo celeste, nubes que apachachan a las montañas, cóndores que sobrevuelan y nos miran desde lo alto, y un silencio infinito que llega hasta los límites del alma.