Mi Diario de Viaje

Ruta 40: Historias de Caminos

Nuevamente partimos tarde. Esta vez desde Gobernador Gregores hacia Bajo Caracoles. La idea era ir hasta ese pueblo y ver bien qué hacíamos por esa zona. Teníamos la información de que cerca de allí podíamos visitar unas cuevas con cientos de manos pintadas, así que una vez en el lugar evaluaríamos si ir en el momento o buscar alguna otra cosa para hacer esa visita al día siguiente.

Esto último era lo que pensamos más probable: hacer
noche en ese lugar para visitar las cuevas con más tiempo y luego avanzar
hacia Los Antiguos, casi en el límite norte de Santa Cruz.
El viaje fue muy tranquilo. Más Patagonia típica: estepa y más estepa, con
el agregado del cielo completamente nublado y viento… Mucho viento…
Llegamos a Bajo Caracoles pasado el mediodía. Bajamos en una posada/
almacén/estación de servicio que está a la vera de la ruta. Todo en uno.
Allí le preguntamos a la gente de lugar por las Cuevas y por lugares de alojamiento.
El lugar resultó ser más un caserío que un pueblo. No tenía más
de dos cuadras de viviendas y algunas pocas, sueltas, que se esparcían un
poco más lejos. Nada más. No nos tiraba mucho quedarnos ahí, en parte
por lo escueto del poblado, y en parte porque el precio de alojamiento en la
posada/almacén/estación de servicio era casi tan caro como el de El Calafate
o El Chaltén. Así que almorzamos y planificamos aprovechar que era “temprano”
e ir directamente a las Cuevas en ese momento.
Las Cuevas estaban a 50 km de Bajo Caracoles, pero 47 eran de ripio. Y
encima uno de esos ripios que uno evitaría si lo pensase un poco más. Mucho
serrucho, un andar muy lento y una hora y media de tortuoso viaje para
llegar. Esto sumado a los últimos km en una bajada importante, en la que
uno no podía dejar de pensar en si iba a ser posible subirla a la vuelta.
Pero ya estábamos ahí, así que llegamos hasta el centro de interpretación
de las Cuevas y esperamos para iniciar la que era la última visita de la
jornada. Suerte de principiantes, no sabíamos que había horarios acotados
para las visitas. Como quien dice, llegamos justo. Tan temprano no era…
La recorrida por las Cuevas y los inmensos paredones que alojan cientos
de manos pintadas es espectacular. La caminata es por el borde de un precipicio
que da a un valle atravesado por el río Pinturas. Un valle en el medio de
la aridez y un río que se adivina allá abajo, a lo lejos, por la hilera de árboles
que lo oculta. Sorprende que exista algo así en un lugar donde todo es roca
y viento.
Del otro lado, las manos. Un arte rupestre en algunos casos de hasta
9300 años de antigüedad, según los estudios arqueológicos realizados en
las paredes de esas cuevas. Este arte es Patrimonio de la Humanidad de
la UNESCO desde 1999. Y es otro de esos lugares que sorprenden por lo
majestuoso del paisaje, sumado al tratar de entender a pueblos dejando allí
aquellas marcas para la eternidad. Algo que nos empequeñece frente a la
naturaleza y, fundamentalmente, a la historia.
El sitio Cueva de las Manos se encuentra en el área del Alto Río Pinturas
en la “Estancia Cueva de las Manos”. Incluye los aleros, farallones y la cueva
con presencia de pinturas rupestres. Los sectores más destacados se ubican
sobre la margen derecha aproximadamente a 88 metros sobre el nivel
del río, cubriendo un frente de más de 600 metros. Las imágenes pintadas
que allí se encuentran representan diferentes escenas de caza, negativos de
mano, motivos de animales y figuras abstractas. Además, en la cuenca del
Río Pinturas se localizan varios sitios arqueológicos sobre ambas márgenes.
Son la evidencia de una ocupación integral del área por parte de cazadores
recolectores a lo largo de 9000 años.
Después de la recorrida, y antes de emprender el regreso, hablamos
un poco con la gente del centro acerca de lo malo del camino para llegar
hasta allí. Uno de los guías del lugar nos alentó a seguir hacia Perito Moreno, el próximo pueblo, y hacerlo a través de un atajo en aparente mejor
estado y más corto, a través del cual alcanzaríamos la ruta 40 ya bastante
adelantados.
La tarde estaba avanzada y decidimos hacer caso al consejo. Lo que no sabíamos
es que sería una de las experiencias más tortuosas de todo el viaje…
Subimos esa bajada que nos había dado miedo y encaramos para ese
ese atajo. Como había predicho el guía el camino de ripio estaba en buen
estado, con lo cual el viaje parecía hacerse más llevadero. Podíamos ir a más
de 30 km/h, lo que era bastante positivo. Además, el recorrido comenzó a
ser en bajada. Todo parecía sonreírnos. Pero no se nos ocurrió pensar cuando
atravesábamos esas bajadas pronunciadas que luego el camino nos compensaría
la felicidad de esos tramos con unas subidas imposibles.
Después de una muy sinuosa y atemorizante bajada, nos encontramos
con un cartel que decía: “Precaución: subida muy empinada”. Detrás del
cartel, casi una pared. Frenamos en el punto más bajo entre la bajada de
la que veníamos y esa subida que nos esperaba. Estábamos en la base de
una U. Miramos esa subida imposible y temimos lo peor, así y todo tomamos
coraje y pusimos primera. La salida arrancó bien. Debíamos atravesar
una primera curva casi inmediata hacia la derecha que logramos sortear y,
después, derecho hasta la siguiente curva que era el punto más alto de la
subida. Pero con el correr de los metros, la camioneta comenzó a esforzarse
cada vez más, más y más hasta no poder seguir. La segunda curva estaba
ahí nomás, pero no había caso. Nos quedamos parados. Freno de mano.
Volvimos a tratar, pero ese lugar estaba en muy mal estado. La camioneta
“araba” en un pozo. Intentamos retroceder soltando el freno nada más,
pero nada: los pozos de esa parte, generados seguramente por cientos de
autos que quedaron en nuestra misma situación, hacían imposible el poder
seguir.
Consideramos que uno de los problemas para subir podría ser el peso.
Así que comenzamos a evaluar alternativas. El miedo de no poder salir de allí
llegó junto con las maldiciones. Atardecía y no había absolutamente nada a
nuestro alrededor. Ni señal de celular.
Decidimos que Claudia y los chicos se bajen para hacer un nuevo intento
sin pasajeros. Afuera de la camioneta, frío, viento y llovizna castigaban. Se
bajaron y subieron a lo más alto del camino a pie para esperarme mientras
yo probaba solo: no hubo caso. Quedaba la alternativa de seguir bajando
peso descargando cosas del baúl. Pero el viento y la llovizna nos hacían dudar
de esa posibilidad. Decidí soltar el freno y bajar al comienzo de la subida
para reiniciar el proceso desde cero. Volví a la base y retomé el envión sin
el peso de ellos tres. Fui con todo y a todo o nada. A pasar la loma como
sea. Otra vez sentí cómo la camioneta se quedaba, perdía fuerza, pero seguí
apretando. Los pozos comenzaron a hacerme saltar a mí y a todo lo que había
adentro, zarandeando objetos para todas partes. Pensé en el amortiguador,
pero no había tiempo ni contemplaciones para ningún tipo de cuidado
en medio de la desesperación, había que llegar a lo alto de la subida sí o sí…
Y lo logré.
Celebramos. Ya habíamos tenido imágenes mentales de nosotros pasando
la noche en ese sitio inhóspito, así que todo fue algarabía en la cima
de la loma. Subieron los pasajeros que me esperaban en lo alto y que se
estaban cagando bastante de frío mientras miraban el espectáculo de mi
subida. Adentro de la camioneta estaba todo revuelto por el sacudón de la
última parte. Con el alivio después del terror de tener que pasar la noche en
un lugar del que no podíamos salir, lo que menos importaba era el revoleo
que había quedado.
Avanzamos por el mismo camino y la suerte nos entregó dos subidas
más, iguales de empinadas. Una la encaramos directamente con Francisco,
Bautista y Claudia debajo de la camioneta, subiendo la cuesta a pie bajo el
frío, el viento y la llovizna, mientras yo los esperaba arriba después del intento
exitoso en la subida. La segunda la probamos con todos adentro, y al
no ser tan larga logramos atravesarla bien.
Técnicamente el guía no nos había mentido: por ese camino ahorrábamos
unos 20 km. Así que el ver aparecer a la ruta 40 delante nuestro antes
de lo pensado fue un alivio, después de las tres tremendas subidas que habíamos
atravesado.
De allí encaramos al atardecer hacia Perito Moreno, más al norte en la
provincia de Santa Cruz. La ruta se mostraba frente a nosotros recta, ahora
con una lluvia fuerte y viento. No podíamos pasar los 60 km/h y terminamos llegando de noche al pueblo. Por suerte la oficina de Turismo estaba abierta,
nos encontraron un alojamiento en una cabaña y hasta nos llevaron guiándonos
hasta ella para finalizar un día tremendo, en el que los nervios nos
pusieron los pelos de punta. Haríamos noche allí, con esa lluvia de fondo, y
al día siguiente ya estaríamos llegando hasta nuestro último punto a visitar
en esta provincia: Los Antiguos. Ufff…

 

Acerca del Autor

Juan Pablo Armenio

Autor del libro "40 excusas para recorrer la ruta 40".